Eyvi Ágreda es una bella joven que murió tras ser quemada, por un acosador, dentro de un bus. Se ha convertido en un símbolo de la lucha contra el feminicidio.
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No tenemos una clara a esas interrogantes ni queremos presentar un discurso de consenso sobre el salvaje ataque sufrido por Juana Mendoza (31), quien fue rociada con gasolina y encendida con fuego, a lo bonzo, la noche del pasado viernes 29 de junio, cuando vendía comida en una calle de Cajamarca (después de agonizar, perdió la vida).

Lo único que podemos decir, por el momento, es que rechazamos ese asesinato y si bien estamos en contra de la pena de muerte, no podemos negar que a veces nos ronda por nuestro pensamiento si los autores de esos crímenes merecen seguir con vida (aunque creemos que ya son zombies o seres en estado vegetal).

Los medios internacionales han difundido esa noticia -haciéndonos recapitular que aún somos un país tercermundista- y han recordado que hace solo dos meses ocurrió el caso de Eyvi Ágreda, aquella bella muchacha que murió agonizando tras ser quemada –coincidentemente con gasolina y fuego- dentro de un bus, por un acosador demente.

Al cierre de esta edición, nos enteramos de otro violento caso de feminicidio: el último sábado 7 de julio, Benito Chávez Valquia fue capturado por la Policía de Amazonas por el feminicidio de Celia Esperanza González Paredes, su expareja de 37 años de edad y madre de tres hijos con él. Según los medios, Chávez Valquia confesó que acuchilló, desmembró y quemó los restos de la mujer.

Si no se encuentra un mecanismo que frene el incremento de los ataques a las mujeres, puede pasar lo que se conoce en la matemática aplicada a la sociología como el efecto mariposa -investigada por el meteorólogo estadounidense Edward Norton Lorenz- que recuerda que si ocurren pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de un suceso, estas pueden provocar grandes diferencias en el comportamiento del futuro, siendo el resultado final imposible de predecir.

El efecto mariposa

Esto quiere decir que un nuevo fenómeno puede aparecer en nuestra sociedad, para contrarrestar un problema, y quizás sea muy tarde o sorpresivo poder frenarlo: los justicieros.

Una señal de lo que se podría venir –y ojalá eso no ocurra- fue puesta a la luz por los reflectores de la prensa: la madre de Juanita ha pedido la pena de muerte para el agresor de su hija, Esneider Estela Terrones, quien además era su excuñado.

El 1 de octubre de 2009, en Cochabamba, Bolivia, ocurrió un hecho que merece la pena analizarlo en esta coyuntura y podría ser un ejemplo de un caso de efecto mariposa. Tengamos cuidado: Un militar retirado, de nombre Jorge Arteaga (56), asesinó con ocho disparos al asesino de su hijo, Jorge Guzmán (28), luego de salir de un tribunal de justicia porque el victimario se burló de él.

Guzmán, quien tenía sentencia de 10 años sin ejecutoria, se mofó del padre de Álex, levantándole el dedo medio de la mano y sonriéndole con sorna, pues no hubo quórum para llevarse adelante la audiencia.

Después sucedió algo impredecible. Los testigos vieron estupefactos cómo el ex militar sacaba su arma y le disparaba ocho veces al asesino de su hijo. El padre de la víctima, recibió, entonces, el respaldo de la población.

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