Pikachú, el héroe popular del anime
Pikachú, el héroe popular del anime, tiene una lucha constante contra el mal.

Por Juan Carlos Chamorro

@juancchamorro

¿El hombre nace o se convierte corrupto?  Esta interrogante, en la era del caso Odebrecht (donde expresidentes y políticos peruanos fueron sobornados por la empresa brasileña a cambio de ganar licitaciones públicas y obtener favores), vamos a analizarla a través de una mirada reflexiva a los conceptos de ética de Aristóteles e Immanuel Kant, explicados por el filósofo y teólogo Johan Leuridan su libro El sentido de las dimensiones éticas de la vida (2016).(Pd: El debate con la biología, sobre este tema, lo proponemos para otro momento.

Primero, antes de comprender el significado de la corrupción, hay que entender el significado de lo que es la ética para los filósofos Aristóteles e Immanuel Kant.

La ética de la norma de Kant, según el filósofo Johan Leuridan, se fundamenta en una voluntad netamente espiritual, sin apoyo de los hábitos, es decir, se trata de un asunto de elección en la que el ser humano decide, a través de sus valores morales, por hacer el bien o el mal.

“En la moral de Kant solo pueden ser consideradas obligatorias las máximas de acción que satisfagan un test de universalización. El concepto debe tener la posibilidad de una aplicación universal de prohibido o permitido. La universalización es el criterio de evaluación. La universalización se fundamenta en la conciencia del deber o la voluntad sin ninguna relación con el mundo sensitivo” (1, p.141).

El autor, siguiendo con su definición sobre la ética del filósofo alemán, señala que, a su criterio, si la regla le obliga al hombre a escoger algo que no le gusta, tendrá muy poca motivación para cumplirla.

“Aparece la tentación del relativismo. Además, no tendré tiempo en general para definir mi comportamiento en base a una regla porque no tengo la predisposición de la virtud o la costumbre de buscar el bien. Las virtudes son las excelencias de la acción. Se pasa fácilmente de la preferencia razonable a la idea de virtud mediante los hábitos”, asegura   (2, p. 141).

Aristóteles

El significado de la ética de Aristóteles, Leuridan lo desarrolla en las siguientes líneas en las que sostiene que ya no es algo espiritual, o sea moral, como asegura Kant, sino gira en torno a  la costumbre o el hábito.

“La ética de la virtud de Aristóteles supera estos dos problemas porque nos educa de tal forma que estaremos acostumbrados a escoger el bien. Las relaciones de amistad, de amor, de justicia, etc., no pueden ser auténticas si se basan en un cálculo de utilidad o en el cumplimiento racional de una norma”, apunta Leuridan (3, p. 141).

 

Recuerda además que si bien para los filósofos de la autonomía pura, la voluntad reemplaza las motivaciones y las virtudes, entonces, se pregunta: “¿Acaso la llamada autonomía de la voluntad podrá imponerse sola a las presiones de las ciencias sociales, sociología y psicología?” (4, p. 141).

“Necesitamos la costumbre o el hábito de pensar y actuar de acuerdo al bien. La costumbre se adquiere por ejercicio. Conseguimos las virtudes por medio de la práctica. La educación moral no es tanto la publicación de normas o leyes sino enseñar costumbres que formen el carácter”, sostiene Leuridan (5, p. 141).

Resalta finalmente la importancia del hábito en la ética aristotélica a través de una cita de Michael Sandel (6, p.141): “Cuando aprendemos una buena costumbre desde nuestra primera juventud, cualquiera que sea, no hace una pequeña diferencia sino una gran diferencia, aún más: hace toda la diferencia” (Sandel, 2010, p.233).

Sin embargo, para entender aún más la ética de Aristóteles hay que conocer el pensamiento de los filósofos griegos Sócrates (470  – 399 a. C.) y Platón (427-347 a. C) pues, sobre ese tema, se inspiró en ellos.

Sócrates

Alfred Edward Taylor, en su libro El Pensamiento de Sócrates, le adscribe a Aristóteles (384 – 322 a. C) tres principios particulares que giran en torno a lo bueno y lo malo (7, p. 116): “a) la virtud, excelencia moral, es idéntica al conocimiento y, por esta razón, todas las virtudes distinguidas comúnmente son una sola; b) el vicio, la mala conducta moral, es por consiguiente, en todos los casos, ignorancia, error intelectual; c) obrar mal es, pues, involuntario siempre y realmente no existe un estado del alma como el que Aristóteles llama ‘debilidad moral’ (acracia), ‘conocer el bien y, sin embargo, hacer el mal’”.

De acuerdo con la tesis de Taylor, el hecho de que Sócrates asegure que obrar mal “es involuntario”  no es que quiera justificarlo y, a continuación, explica esa presunta paradoja: “Con bastante frecuencia, un individuo hace el mal a pesar de que sea malo; nadie obra jamás mal, simplemente porque ve que es malo, de la manera que otro puede hacer el bien simplemente porque ve que es bueno. Un individuo tiene que engañarse temporalmente a sí mismo considerando el mal como bien antes de decidirse a hacerlo” (8, p. 118).

“Un hombre hace el mal” (9, p. 119), asegura Taylor, “porque equivocadamente espera obtener algo bueno: conseguir riqueza, poder o placeres, y no tiene en cuenta el hecho de que la culpabilidad contraída por el alma pesa incomparablemente más que las supuestas ganancias. Así, pues, Sócrates coincide en este punto con el hedonismo, en que hacer el mal se debe a un error de cálculo; pero el error de cálculo no es sobre ‘la cantidad de placer’ sino sobre los valores del bien”.

Aristóteles, en su libro Ética a Nicómaco (10, p. 55), expone la importancia del hábito: “La virtud, por tanto, es un hábito voluntario o electivo, que consiste en un término medio respecto a nosotros, determinado por la razón y por aquella (razón) por la cual decidiría el hombre prudente”.

En su libro Política (11, p. 59),  el filósofo griego presenta además un ejemplo que reflexiona sobre un crimen de robo cometido por el hombre y lo que significa ir en contra de su propia ética.

¿Hábito?

Propone, entre otras cosas, el hábito del trabajo para evitar cruzar la frontera de lo permitido.

“Esto consiste en que los hombres se ven arrastrados al crimen no solo por carecer de lo necesario, lo cual Faleas cree evitar por medio de la igualdad de bienes, medio excelente, en su opinión, de impedir que un hombre robe a otro hombre para no morirse de frío o de hambre, sino que se ven arrastrados también por la necesidad de dar amplitud a su deseo de gozar en todos los sentidos. Si estos deseos son desordenados, los hombres apelarán al crimen para curar el mal que los atormenta; y yo añado que no solo por esta razón se precipitarán por semejante camino, sino que lo harán también si el capricho se lo sugiere por el simple motivo de no ser perturbado en sus goces”, indica Aristóteles.

“¿Y cuál será el remedio para estos tres males?”, asevera el discípulo de Platón, “en primer lugar la propiedad, por pequeña que sea, después, el hábito del trabajo, y, por último, la templanza”.

Para conocer un poco más a Kant (1724-1804) y su rigorismo ético, hay que saber que fue un admirador del filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

Roberto R. Aramayo, en su libro Inmanuel Kant, examina la ética kantiana a través de uno de sus últimos textos titulado Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía (1797).

Por ese escrito, en el que Kant coloca un ejemplo en el que fundamenta que nunca se debe mentir, es cuestionado por sus críticos (12, p. 28): “Supongamos, nos propone Kant en esas páginas, que tenemos un amigo hospedado bajo nuestro techo. De repente, llaman a la puerta y, al abrir, nos encontramos que alguien pregunta por el paradero de nuestro huésped, siendo así que le busca para matarlo. Uno podría pensar que, si estuviéramos en ese brete, lo mejor sería recurrir a una mentira piadosa que intentase despistar al potencial asesino y tendiese a conjurar el peligro que se cierne sobre nuestro invitado sin exponer nuestra propia vida en ese intento. Eso es lo que parece dictar el sentido común y seguramente sería lo que cualquiera de nosotros decidiría hacer si nos halláramos en semejante trance. Pero lo llamativo del asunto es que Kant no estaría en absoluto de acuerdo con esa solución. Según él, no deberíamos mentir ni siquiera en un caso así y, de hacerlo, además de obrar inmoralmente, podríamos llegar incluso a incurrir en responsabilidades penales, toda vez que nuestro amigo podría haber salido a la calle sin advertirlo nosotros y allí podría encontrarlo casualmente quien lo persigue, convirtiéndonos con ello en cómplices de su muerte; mientras que si hubiésemos respondido verazmente a quien pretende asesinarlo y este hubiera entrado, nuestro amigo acaso pudiera haber abandonado la casa utilizando una ventana o la puerta posterior y, tras alertar a los vecinos, podría incluso haberse capturado a su perseguidor. Como es obvio, hay una probabilidad que Kant no contempla, porque no le conviene a su implacable argumentación, a saber, que nuestro huésped resulte finalmente asesinado merced a nuestra impecable sinceridad”.

Los juzgadores de Kant, según Aramayo, señalan: “¿Cómo es posible que Kant no esté de acuerdo, por ejemplo, con su admirado Rousseau en lo tocante al tema de la mentira? En el cuarto itinerante de Las ensoñaciones del paseante solitario, Rousseau advierte que decir algo falso no es mentir más que por la intención de engañar, y la intención misma de engañar, lejos de ir siempre unida a la de perjudicar, tiene en ocasiones un objetivo completamente contrario”.

Rousseau

Aramayo recoge, en ese sentido, una frase de Rousseau que podría resumir su pensamiento sobre la mentira (13, p. 29): “Mentir en beneficio de otro es fraude, mentir para perjudicar es calumnia. Mentir sin provecho ni perjuicio de uno mismo o de otro no es mentir; eso no es mentira, es ficción”.

El autor recuerda a los críticos de Kant que si bien en su texto Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía señala que nunca se debe mentir, en su libro Lecciones de ética (1924) coincide con Rousseau en ese punto y suscribe (14, p. 30): “El único caso en que está justificado mentir por necesidad tiene lugar cuando me veo coaccionado a declarar y estoy asimismo convencido de que mi interlocutor quiere hacer un uso impropio de mi declaración”.

¿El hombre nace o se convierte en corrupto? Se podría decir que Aristóteles y Kant concluyen, finalmente,  que el hombre elige ser corrupto.

 

Bibliografía

 

-(1), (2), (3), (4), (5), (6) Leuridan Huys, Johan (2016). El sentido de las dimensiones éticas de la vida. Lima – Perú.

-(7), (8), (9), Taylor, A.E. (1961). El pensamiento de Sócrates. Ciudad de México.

– (10) Aristóteles (2001). Ética a Nicómaco. Madrid.

– (11) Aristóteles (2004). Política. Madrid

– (12), (13) Aramayo, Roberto R. (2001). Immanuel Kant. Madrid.